Hace un tiempo la música de Bad Bunny me parecía espantosa. Pero de tanto bailarla, poco a poco empezó a gustarme. No tanto por la melodía –que aún me parece estridente y monótona–, sino por las letras. Mientras seguía las coreografías que mi profesora de baile se inventaba, empecé a prestar atención a lo que decían las canciones. Comprendí que detrás de su música hay toda una narrativa que nos habla de la identidad puertorriqueña, sus sueños y sus luchas.
Con el tiempo he entendido que, más allá de su música, Benito Antonio Martínez Ocasi es un fenómeno cultural. Su reciente residencia de un mes en Puerto Rico que bautizó “No me quiero ir de aquí” hace alusión a la idea de que no es necesario emigrar para ser feliz. No fue solo una serie de conciertos diarios; desde el escenario, noche tras noche tras noche, reivindicó la cultura boricua en todas sus formas. Celebró sus orígenes, la manera de hablar y de moverse, hasta el desparpajo y la alegría de su gente. Así reivindicó el orgullo de ser puertorriqueño en todo su mosaico vibrante mostrando el folklore más profundo de Puerto Rico, desde sus raíces taínas y su herencia africana hasta la influencia española, logró transmitir ese sentimiento a todos los latinos.
Bad Bunny ha sabido capturar el espíritu de una generación y, al mismo tiempo, desafiar las jerarquías culturales que separan lo popular de lo culto. Su forma de vestir, a veces excéntrica, es una declaración de libertad que armoniza con su música. Es un personaje auténtico y coherente, que no pretende ser activista, aunque su puesta en escena esté cargada de mensajes políticos. Ha conseguido que el español se convierta en el idioma del deseo y la irreverencia, haciendo que jóvenes de todas las nacionalidades y lenguas canten sus canciones a todo pulmón. Es el segundo artista más escuchado del mundo en plataformas digitales, después de Taylor Swift.
Es tan innegable su influencia en la cultura latina que ya es objeto de análisis académico. Este semestre se dicta, en la Universidad de Yale, un curso dedicado a estudiar cómo su obra refleja los debates sobre identidad, colonialismo, clase y género en el Caribe contemporáneo. No es casual, entonces, que haya sido invitado a cantar en el show de medio tiempo del Super Bowl de 2026, un gesto de gran simbolismo en un momento en el que el discurso antilatino toma fuerza en Estados Unidos. Lo hará en su lengua materna, sin renunciar a su acento ni su identidad. A diferencia de otros artistas de su talla, que cantan en inglés para ajustarse al mercado global, Bad Bunny pretende lo contrario: que el mundo entero aprenda a cantar en español.